XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio(Mc 8, 27-35)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»  Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías». Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad. 

Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

Y llamando a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de que le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma».

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Santa Faustina anotó en su Diario (D. 1777, 1064)

Antes el cielo y la tierra se vuelven a la nada, que Mi misericordia deje de abrazar a un alma confiada.

Oh Dios inmortal, mi eterna delicia, Tú eres mi cielo ya aquí en la tierra, que cada latido de mi corazón sea un nuevo himno de adoración a Ti, oh Santísima Trinidad.  Si tuviera tantos corazones comos gotas de agua hay en el océano, como granos de arena en toda la tierra, Te los ofrecería todos, oh Amor mío, Tesoro de mi corazón.  Con cuántos me encuentre en la vida, deseo atraerlos todos a amarte, oh Jesús mío, mi Belleza, mi Sosiego, mi único Maestro, Juez, Salvador y Esposo a la vez; sé que un titulo atenúa el otro, he puesto todo en Tu misericordia.

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  • Hoy Jesús, que quiere abrazar y salvar a todos, hace una pregunta concreta: “¿Y tú quién dices que soy?” 
  • En oración personal, le confesaré sinceramente a Jesús quién es para mí. Lo invitaré a mi vida nuevamente como único Señor y Salvador.
  • Le pediré al Espíritu Santo la gracia de atraer a otros a amar a Jesús.

 

Palabra de Dios