Cuando me senté a escribir mi testimonio sobre cómo Santa Faustina me había ayudado en momentos de sufrimiento, no sabía por dónde empezar. Basta decir que ha sido una gran inspiración y un ejemplo a seguir en mis momentos de sufrimiento. Me ha otorgado la gracia de confiar en Dios, confiar y confiar aún más. La invoco cuando siento que me arrastra el peso de la cruz. Ahora veo que es cierto que cada experiencia de sufrimiento nos fortalece para la siguiente.
El 28 de junio de 2024 me jubilé. Mi esposo y yo teníamos planes de ir juntos a misa todos los días, hacer tiempo para viajes cortos, ver películas por la mañana, pasear por el parque, etc. Ese mismo fin de semana, mi esposo estuvo hospitalizado por problemas cardíacos y, a partir de ahí, todo fue cuesta abajo. Se debilitaba cada día más. Me jubilé y me convertí en su cuidadora 24/7. Al principio, me enojé porque todos nuestros planes se habían desmoronado. Pero Faustina seguía pidiéndome que confiara, confiara y confiara aún más; Dios tenía un plan mejor. Me llevó un tiempo aceptar la voluntad de Dios y, con el tiempo, incluso agradecí estar en casa para poder cuidarlo en sus últimos meses. El plan de Dios comenzó a desplegarse ante mis ojos y solo podía confiar, confiar y confiar aún más. Las palabras de Nuestro Señor a Faustina fueron muy reconfortantes: «…pero has de saber que la fuerza que tienes dentro de ti para soportar los sufrimientos la debes a la frecuente Santa Comunión». (Diario 1487) Iba sola a misa todos los días y rezaba por mi esposo. Nunca habría sobrevivido al día sin la Eucaristía. Era tan doloroso verlo consumirse.
Mi anciano padre también se estaba volviendo cada vez más frágil. Me causaba aún más sufrimiento no poder ir a verlo, ya que vivía en otra ciudad, porque no podía dejar a mi esposo solo. Amaba tanto a mi esposo que no quería que sufriera más. Santa Faustina me enseñó a agradecer a Dios por mi cruz diaria y que… “El amor verdadero se mide con el termómetro del sufrimiento..” (Diario 342) Mi esposo falleció el 30 de enero. Nunca había sentido tanto dolor. Tuve que empacar todas mis cosas para dejar nuestro hogar que tanto amábamos. Aun así, hice lo que me dijo Santa Faustina: confiar, confiar y confiar aún más. Regalé la ropa de mi esposo a las personas sin hogar porque sabía que eso era lo que él hubiera querido que hiciera. Regalé todos nuestros muebles a familias necesitadas para poder regresar a mi pueblo natal. Mi padre, de noventa años, necesitaba que lo cuidaran, así que me mudé con él hasta que pudiera decidir qué haría después ya de viuda. Solo me quede con mi ropa, cajas de libros y mi computadora. Dos semanas después, mi padre sufrió una fuerte caída que requirió cirugía. Su cuerpo débil no pudo resistir las múltiples complicaciones de la cirugía y él también falleció.
Es curioso cómo el Señor me pidió que confiara mientras regalaba todas mis pertenencias, dejándome con las manos vacías, solo para devolvérmelo todo. Mis hermanos me dijeron que la casa de papá ahora era mía. El Señor me lo devolvió todo y además me acerco a mi familia. Claro, estas son solo cosas materiales, pero el Señor sabe que también las necesitamos. Sí, el plan de Dios es mucho mejor que el mío. Su rol como mi Padre Celestial es asegurarse de que tenga todo lo que necesito, y el mío es confiar, confiar y confiar aún más.
Sylvia, voluntaria de «Faustinum», Estados Unidos
