Cuaresma 2026 #12

El año 2025 quedará grabado en mi memoria como una de las etapas más difíciles de mi vida: un tiempo en el que los acontecimientos dolorosos se sucedían como olas que rompen contra la orilla. Fue precisamente entonces cuando mis seis años de formación en la Asociación «Faustinum» y las palabras del Diario de Santa Faustina Kowalska fueron para mí algo más que una lectura espiritual: se convirtieron en luz, aliento y apoyo.

Un signo especial de la cercanía de Santa Faustina fue para mí el momento en que, en marzo del año pasado, sus reliquias estuvieron en mi casa; lo interpreté como un silencioso presagio de su presencia espiritual en el difícil tiempo que se avecinaba.

Primero vino la experiencia de la injusticia y el dolor en el trabajo —un lugar en el que había puesto mucho compromiso, creando herramientas, optimizando procesos y capacitando a nuevos empleados. Sin embargo, tanto a mí como a todo el equipo nos trataron como un gasto que había que recortar y, tras 12 años, me vi obligada a dejar un trabajo estable en medio de numerosos despidos masivos en el país, cuando encontrar uno nuevo —siendo de mediana edad— parecía casi imposible. Esto sucedió en circunstancias muy desagradables e injustas, sobre las que me cuesta escribir aquí. En ese momento, me venían especialmente a la mente las palabras: No tengas miedo de nada (Diario, 573), Lucha siempre con esta profunda convicción de que Yo estoy a tu lado. (Diario, 1760).

Hoy veo las señales de su suave guía y los frutos de su intercesión. Encontré la oferta de un nuevo trabajo el día del aniversario de la canonización de santa Faustina; lo interpreté como una señal de cariño del cielo y sentí en mi corazón la veracidad de estas palabras: toda gracia fluye por medio de la oración. (Diario, 146), Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá.(Diario, 1578).

Poco después llegó un sufrimiento aún más profundo: la muerte de mi madre, una persona con una discapacidad grave a la que cuidé durante cinco años y que llevaba veinticinco años padeciendo esclerosis múltiple y otras enfermedades graves. A causa de la enfermedad, ya de adolescente no tenía a mi madre en el sentido habitual; en cierto modo, yo era su madre, sobre todo cuando vivíamos solas, desde que hace unos años falleció repentinamente mi padre, a quien intenté reanimar, pero, por desgracia, no logré salvarlo. Acompañar a mi madre en su debilidad y su dolor fue para mí una escuela del amor de la cruz. Al contemplar su sufrimiento, veía a Cristo sufriente. Dos semanas antes de su fallecimiento, escuché el diagnóstico: embolia pulmonar y cáncer de riñón. En los momentos más difíciles, me llenaban de confianza las palabras: Más de una vez me he extrañado de que los ángeles y los santos queden silenciosos cuando un alma soporta semejantes sufrimientos. Sin embargo ellos nos aman muy especialmente en tales momentos. (Diario, 116).

Mi madre falleció reconciliada con Dios y, de acuerdo con las promesas de Jesús relacionadas con el rezo del Rosario de la Divina Misericordia (Diario 810-811; 1541), recibió la gracia de una muerte serena, y en mi corazón quedó la paz y la convicción de que solo el tiempo nos separa. Cada vez con más frecuencia siento su cercanía espiritual y su ayuda.

Estos acontecimientos no fueron precedidos ni separados por momentos de tranquilidad —solo menciono los más difíciles—, sino que se sucedieron uno tras otro, sumiéndome en un estado de tensión constante y de profundo cansancio psíquico y espiritual. Cuando mi corazón aún estaba conmovido por esa experiencia, llegó otra herida: la partida de una amiga cercana, a quien durante años acompañé con mis oraciones y mi apoyo, precisamente cuando más necesitaba su presencia. Fue una dura lección sobre cómo dejar marchar a alguien a quien se ama. Entonces comprendí especialmente estas palabras: aunque me abandonaran todos, no estaría sola, porque el Señor está conmigo… (Diario, 1022). Aceptar esta verdad no fue fácil, pero incluso de esta situación el Señor sacó algo bueno: allí donde se me quitó algo, surgieron nuevas relaciones y verdaderos amigos. Es más, tras la marcha de mi madre —aunque vivo sola— no me siento sola. Desde entonces, la Eucaristía diaria se ha convertido en mi fuerza: Santa Comunión. De ella tomo fuerza, en ella está mi fortaleza. (Diario, 1037).

La entrega a la misericordia de Dios a través de María es mi paz. De ella aprendo a aceptar todo lo que trae consigo la voluntad de Dios: Soy Madre de todos gracias a la insondable misericordia de Dios. El alma más querida para mí es aquella que cumple fielmente la voluntad de DiosSé valiente, no tengas miedo de los obstáculos engañosos, sino que contempla atentamente la Pasión de mi Hijo… (Diario, 449).

El año pasado me demostró que las palabras: El sufrimiento es una gran gracia. (Diario 57) no son una teoría, sino el misterio del encuentro con Dios, que no siempre se explica, pero siempre está presente. Durante ese tiempo, la formación y la oración de mis amigos y de la comunidad me fueron de gran ayuda; sentí de verdad que alguien me sostenía espiritualmente.

Si alguien lee estas palabras y está pasando —o está a punto de pasar— por experiencias similares, que sepa que el Señor realmente actúa, sostiene el alma y la fortalece a través de las palabras del Diario y la gracia de la formación, guiándola por el valle oscuro hacia la luz. Cada vez experimento más profundamente que a Jesús nada se le escapa de las manos y que incluso lo difícil es capaz de transformarlo en bien. Que el Señor Misericordioso sea alabado por ello por los siglos de los siglos.

¡Jesús, en Ti confío!

    Alicja, miembro de «Faustinum», Polonia