Ver la misericordia

”Deste modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió «misericordia». Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente «visible» como Padre «rico en misericordia» (Ef 2, 4)” (Dives in misericordia, nº 2).

¡Qué gran e incomprensible regalo de la Misericordia de Dios es para nosotros Jesús, Dios todopoderoso que se hizo Hombre, nuestro Hermano! ¡Qué grande debe ser el amor de Dios por nosotros y cuánto desea la cercanía con nosotros, al querer humillarse tanto para vivir en la tierra y hacerse “visible” para nosotros!

Jesús, vino al mundo, nos revela el rostro misericordioso de Dios, quiere estar presente en nuestra cotidianidad sencilla e imperfecta. ¡Más aún! ¡Quiere estar presente en nosotros! ¡Quiere vivir en nuestros corazones y encontrarse con nosotros allí! Incluso cuando nuestro corazón parece más un establo abandonado que un hermoso templo…

¿Hay lugares en tu corazón en los que no quieres, en los que te avergüenzas o tienes miedo de dejar entrar a Jesús?

¿No menosprecias tu valor y la dignidad de hijo de Dios pensando sobre ti mismo: “¿Y quién soy yo para que Dios quiera hablarme…”?

Invita a Jesús a tu corazón hoy, tal y como esté, sin adornarlo, sin esconder nada. ¡Él está deseando  encontrarse contigo allí!

“Salgo a su encuentro y lo invito a la morada de mi corazón humillándome profundamente ante su Majestad. Pero el Señor me levanta del polvo y, como a su esposa, me invita a sentarme junto a Él y a confiarle todo lo que tengo en mi corazón. Y yo, animada por su bondad, inclino mi sien sobre su pecho y le cuento todo. En primer lugar le digo lo que no diría jamás a ninguna criatura. Y luego hablo de las necesidades de la Iglesia, de las almas de los pobres pecadores, de cuánto necesitan su misericordia. Pero el tiempo pasa rápidamente. Jesús, tengo que salir de aquí a los deberes que me esperan. Jesús me dice que queda todavía un momento para despedirse. Una profunda mirada recíproca y por un rato nos separamos aparentemente, pero nunca realmente. Nuestros corazones están unidos continuamente; aunque por fuera estoy ocupada por distintos deberes, pero la presencia de Jesús me sumerge constantemente en un profundo recogimiento” (D. 1806).