Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo 

En preparación para la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo recomendamos la lectura de los fragmentos de la carta En 1246, Votre Lointain de San Juan Pablo II:

“Fuera de la Celebración Eucaristica, la Iglesia se preocupa de venerar la Eucaristía que debe ser conservada... como el centro espiritual de la comunidad religiosa y parroquial (Pablo VI, Mysterium Fidei, 68). La contemplación prolonga la comunión y permite a cada uno, encontrar permanentemente a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, dejarse mirar por Él y experimentar su presencia. Cuando lo contemplamos presente en el Santísimo Sacramento del altar, Cristo se acerca a nosotros y viene a ser más íntimo en nosotros que lo que nosotros somos con nosotros mismos: nos hace partícipes de su vida divina en una unión que transforma y, por el Espíritu, abre la puerta que conduce al Padre, como Él mismo dijo a Felipe: El que me ha visto, ha visto al Padre (Jn 14, 9). La contemplación, que es también una comunión de deseo, nos asocia íntimamente a Cristo y se asocia de modo particular con aquellos que están imposibilitados para recibirlo.

Permaneciendo en silencio ante el Santísimo Sacramento, Cristo totalmente y realmente presente, descubrimos a Quien adoramos y con Quien estamos en comunicación. No es a través de los sentidos que percibimos que Le somos cercanos. Bajos las especies del Pan y del Vino, son la fe y el amor los que nos llevan a reconocer al Señor, Él nos comunica plenamente los beneficios de la redención que Él ha realizado, Él, el Maestro, el Buen Pastor, el Mediador más agradable al Padre (León XIII, Mirae Caritatis).

Es hermoso estar con Cristo y, reclinados sobre el pecho de Jesús como el discípulo amado, poder sentir el infinito amor de su Corazón. Aprendiendo a conocer más a fondo a Aquel que se ha dado totalmente, en los diversos misterios de su vida divina y humana, para llegar a ser discípulos y para entrar, en ese manantial de dones para la gloria de Dios y la salvación de la mundo. Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su intimidad profunda (Veritatis splendor, 21). Somos invitados a seguir sus enseñanzas, para ser poco a poco configurados con Él, para permitir al Espíritu que obre en nosotros y para realizar la misión que nos es confiada”.