Saciar los deseos del corazón

Continuando nuestras reflexiones de Adviento, pensemos qué hacer cuando nuestro corazón está lleno de anhelo por Dios. Del anhelo nace el deseo de estar más cerca, de acortar el tiempo de espera, de acelerar el encuentro. Cuando leemos el “Diario”, nos sorprende la fuerza de los sentimientos experimentados por la hermana Faustina:
mi corazón agoniza al añorarte y nada tiene sabor para mi… (D.1026),
el anhelo de mi alma por Dios… me produce un desmayo
(D. 946).
Esta fuerza la hizo dar el siguiente paso. El anhelo por Dios hizo a la hermana Faustina dirigirse a los brazos de Aquél a quien había anhelado, a través de la oración y la adoración. Confiesa: Paso cada momento libre a los pies de Dios escondido. Él es mi Maestro, le pregunto todo, con Él hablo de todo, de allí saco fuerza y luz, allí aprendo todo, de allí me llegan las luces sobre el modo de comportarme con el prójimo. Él Mismo me atrajo a este fuego de amor vivo, alrededor del cual se concentra todo. (D. 704).

No dejemos sin cumplir nuestro anhelo. Pidamos al Espíritu Santo que tome en sus manos nuestros corazones, despertando el anhelo por la venida del Señor. Que nos muestre los caminos para que nuestro anhelo se transforme en una espera gozosa de Aquel a quien deseamos ver y que ya está cerca. Oración prolongada, retiro, estas son solo algunas formas de respuesta a lo que Dios hace en nuestro corazón. Porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor (Flp 2, 13).