Responder a la llamada

En la última parte de nuestra espera de Adviento intentemos preguntarnos qué respuesta espera nuestro Señor tras la escucha de  la Palabra. Existe un gran abismo entre “escuchar” y “realizar”. El temor a la opinión de la gente, una fe debil y otros muchos obstáculos aparecen en el camino de nuestro crecimiento en la fe y en la escucha de Dios. La hermana Faustina escribió:  Durante mucho tiempo el alma recibió mucha luz e inspiración, y cuando los confesores le confirmaron la tranquilidad y la procedencia de dichas inspiraciones, si su amor es grande, ahora Jesús le hace saber que es hora de poner en práctica lo que recibió. El alma reconoce que el Señor cuenta con ella, y este conocimiento le da más fuerza. Ella sabe que para ser fiel, a veces tendrá que xponerse a distintas dificultades, pero confía en Dios y gracias a esta confianza llega allí a donde Dios la llama (D. 145).

¿Hemos sido capaces de escuchar la Palabra que Dios nos ha dirigido? ¿Tenemos la fuerza y el coraje para aceptarla y llevarla a cabo? Si la Palabra se hizo Carne, si Dios se ha acercado tanto al hombre, no es para que ahora estemos solos y lo busquemos a ciegas.  Los anhelos y deseos que descubrimos en nuestros corazones son un reflejo de Sus sentimientos hacia nosotros. Él es el primero que nos ayudará a realizar las tareas que nos encomienda. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a abrir nuestros corazones al Dios que viene y a su Palabra. El nos prometió que no nos dejaría huérfanos (cfr. Jn 14, 18). Que el testimonio de la hermana Faustina nos convenza de que Dios verdaderamente desea estar cerca de nosotros:

En la Vigilia de la Navidad.  Por la mañana durante la Santa Misa sentí la cercanía de Dios, mi espíritu se sumergió en Dios inconscientemente.  De repente escuché estas palabras: Tú eres una morada agradable para Mí, en ti descansa Mi Espíritu. Después de estas palabras sentí la mirada del Señor dirigida al fondo de mi corazón y viendo mi miseria me humillé en espíritu y admiré la gran misericordia de Dios, y que este Altísimo Señor se acercaba a tal miseria. Durante la Santa Comunión la alegría inundó mi alma, sentía que estaba unida estrechamente a la Divinidad; su omnipotencia absorbió todo mi ser, durante el día entero sentí la cercanía de Dios de modo particular, y aunque los deberes no me permitieron ir a la capilla ni por un momento durante todo el día, sin embargo no hubo ni un instante en que no estuviera unida a Dios, lo sentí dentro de mi de una manera más sensible que cualquier otra vez.  Saludaba sin cesar a la Santísima Virgen, ensimismándome en su Espíritu, le rogaba enseñarme un verdadero amor a Dios (D. 346).