María…

Incluso los signos de la Resurrección de Jesús como la tumba vacía, la presencia del Ángel o la propia conversación con Él, no lograron abrir los ojos de esta mujer, encerrada en su dolor, al misterio del triunfo de la Misericordia. Incluso es posible estar como ella, después de un exorcismo (Mc 16, 9) y no confiar aún en el Amor que derrotó al Mal y la muerte. Porque es posible hablar con Dios sobre todo, es posible rezar y estar una hora de rodillas y, sin embargo, no permitir que Él venga a mi. Entonces, la verdad sobre la Resurrección de Dios, que vive y ESTÁ junto a mí y en mí, es siempre algo distante, ajeno…

Solo cuando Cristo dijo su nombre: María… (J 20, 16). Cuando escuchó ese tono de voz, las cuerdas del corazón de María Magdalena temblaron de alegría y de felicidad. Sólo entonces reconoció a Jesús. Solo entonces fue como si ella hubiera resucitado. Rompió la piedra poderosa de la antigua manera de pensar. Dio un giro de 180 grados hacia Jesús (en el Evangelio está escrito: ella se volvió, J 20, 16) y entonces el Resucitado dejó de ser un jardinero extraño para ella. Se convirtió en su Amado Maestro: Rabbuni. Porque solo cuando permito que Dios me llame por mi nombre, cuando le permito esta relación íntima de amor conmigo, solo entonces mi corazón se abre a la realidad de una nueva vida. Santa Faustina escribió: Resucitare en Jesús, pero primero tengo que vivir en Él (D. 392). En este domingo de la Resurrección del Señor, pidamos la gracia de fortalecer nuestra relación con Cristo para que podamos elevarnos a la Nueva Vida. Amén.