Herida llena de Dios – Lección 6

Lección 6 – Un golpe propinado a tu corazón

¿Quién se ha atrevido a herir tu corazón? (Diario 1487) –Dios le pregunta al alma que sufre, exhortándola suavemente a que abra el corazón. Cada uno de nosotros podría dar una respuesta diferente a esta pregunta. Algunas personas nos lastiman, nos duelen las tentaciones con las que no luchamos. También podemos lastimarnos a nosotros mismos, especialmente cuando no somos capaces de perdonarnos por nuestras malas elecciones. Infligimos heridas a nuestro propio corazón, cuando nos exigimos a nosotros mismos que tenemos que ser perfecto, y no toleramos nuestros errores y fallos. Y aunque nos resulta fácil hablar sobre el sufrimiento que otros nos han infligido, algo completamente distinto ocurre cuando debemos confesar ante Dios que el sufrimiento con el vamos a Él es debido a nuestro pecado, y que la herida que sangra en nuestro corazón, sangra a causa de la afilada cuchilla que sostengo en mi mano.

Jesús, tampoco en este caso comparece ante nosotros como nuestro acusador. Él nunca dirá: ¡Tienes lo que te mereces! ¿Por qué? Porque el Señor bien sabe que esto nos alejaría de Él. Entonces no habría ninguna posibilidad de que el remedio de Su misericordia pudiera ser aplicado a nuestras heridas. Él ve las causas de nuestro pecado y quiere que estemos muy cerca de Él, también en este estado – especialmente cuando nos sentimos decepcionados de nosotros mismos, al descubrir nuestra propia pecaminosidad –, nos quiere cerca. No sólo eso, sino que Él mismo hace grandes esfuerzos para que en esos momentos en que nos acusamos a nosotros mismos, podamos entrar en diálogo con Él: Oh alma, te veo tan doliente, veo que ni siquiera tienes fuerzas para hablar Conmigo (Diario 1487). En los momentos de sufrimiento, incluso cuando no pensamos en Dios, Él es quien empieza a hablar con nosotros. Siempre está de nuestro lado, incluso cuando en la oración le hablamos de nuestros pecados. El nos exhorta sin cesar: con la sencillez de una niña, háblame de todo, porque tengo el oído y el corazón vuelto hacia ti y tus palabras Me son agradables (Diario 921).