El Espíritu Santo ama el silencio

La fidelidad en el cumplimiento de las inspiraciones del Espíritu Santo es el camino más corto (D. 291) para la santidad.  Santa Faustina estaba convencida de ello. Ella experimentó lo difícil que es lograr esta tarea en la vida cotidiana, por lo que a menudo rezaba pidiendo la gracia del recogimiento interior: el Espíritu Santo no habla a un alma distraída y charlatana, sino que, por medio de sus silenciosas inspiraciones, habla a un alma recogida, a un alma silenciosa (D. 552). Intentaba percibir la voz de Dios escuchándolo en el santuario de su propia conciencia, en donde sentía la luz o la urgencia de realizar alguna acción. En algunas situaciones la hermana Faustina tuvo dificultades para distinguir adecuadamente entre la inspiración de Dios y  las tentaciones del demonio. En esos momentos, siempre venía en su ayuda la Madre Iglesia, por medio de los confesores y el director espiritual, de los superiores y la regla religiosa, por medio de la clara enseñanza de la Iglesia, de los mandamientos de Dios y los deberes de estado. Ella sabía que la fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo requería una vigilancia constante: El alma disipada se expone a si misma a la caída y que no se sorprenda si cae.  Oh Espíritu Divino, Guía del alma, es sabio aquel a quien Tú adiestras. Pero, para que el Espíritu Divino pueda obrar en el alma se necesita silencio y recogimiento (D. 145). Pidamos esta gracia: Oh Jesús, mantenme en el santo temor para que no malgaste las gracias. Ayúdame a ser fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo (D. 1557).