Despertar el anhelo en el corazón

Al comienzo del Adviento, solemos tomar la decisión de que este tiempo de espera para el nacimiento de Jesús se caracterice por una mayor concentración y tranquilidad. Pero la realidad es diferente, porque es muy dificil conseguirlo debido a las prisas previas a la Navidad. Las compras de últimas hora, un regalo olvidado para alguien de la familia, la limpieza de la casa… Conocemos bien nuestro guión desde hace años y… lo repetimos cada año. Tratemos de inspirarnos con el Diario de Santa Faustina. Quizás nos contagiemos de forma efectiva con el “virus” del anhelo, que siempre nos acompaña durante el Adviento y esta vez nuestra espera será diferente. ¿Cómo? No sabemos. Dejémonos sorprender por el Espíritu Santo.

La letanía del anhelo que resuena en el “Diario” es larga:
donde reina mi Dios, mi alma le anhela… (D.1653),
mi espíritu no encuentra satisfacción en nada; añoro a Dios con más fuerza cada vez (D.1713),
mi corazón anhela a Dios, deseo unirme a Él (D.1050),
te espero, Señor, entre la quietud y el silencio, con gran añoranza en el corazón (D.1589),
si Tu Mismo no alivias la añoranza de mi alma, nadie logrará consolarla ni aliviarla (D.1600).

¿Qué tenemos que hacer para fomentar en nuestros corazones tales deseos?
Intentemos empezar por la cosa más fácil y más simple que a menudo escapa a nuestra atención. Pidamos al Espíritu Santo que ponga esos deseos en nuestros corazones. Si no hay en nosotros deseo de Dios, pidamos que despierte ese anhelo en nuestros corazones. Si no pensamos en Él, supliquemos que nos de la experiencia de Su presencia viva en nuestros corazones. Si nuestros deseos vuelan a cosas terrenales y agradables, roguemos que Él nos revele Su omnipotencia y amor.
Porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (Mt 7, 8).