En el Diario de Santa Faustina encuentro muchos pasajes que me resultan cercanos y vivos en el contexto del sufrimiento que estoy viviendo. Quiero reflexionar sobre el siguiente pasaje: El sufrimiento es una gran gracia. A través del sufrimiento el alma se hace semejante al Salvador, el amor se cristaliza en el sufrimiento. Cuanto más grande es el sufrimiento, tanto más puro se hace el amor. (Diario, 57).
El sufrimiento es una gran gracia. Esta difícil enseñanza de Cristo, y al mismo tiempo misterio de nuestra fe, me acompaña desde hace años en mi experiencia de discapacidad relacionada con una visión muy débil. Sin embargo, la acepto de forma natural, sintiéndome elegida, bendecida e invitada a una cercanía especial con Jesús Misericordioso y con los demás.
A través del sufrimiento el alma se hace semejante al Salvador, el amor se cristaliza en el sufrimiento. De manera más o menos consciente, trato de unir mis dificultades cotidianas con el sufrimiento redentor de Jesús, creyendo que así puedo participar en la obra de salvar almas. Asemejarnos a Jesús es una escuela para aprender su amor y llevarlo a los demás, tal y como nos invita Santa Faustina. Cuanto más contemplamos el Corazón de Jesús, lleno de amor y misericordia, más humildad y sensibilidad hacia las necesidades del prójimo hay en nosotros. Cada día trato de llevar a Jesús a las personas, acercándome a ellas, a sus dificultades en la vida, a su lucha contra la enfermedad y la soledad, mediante frecuentes llamadas telefónicas, encuentros, actividades conjuntas, voluntariado en Cáritas y oración. Este intercambio mutuo construye relaciones maravillosas y profundas, llenas de confianza, amor y alegría.
Cuanto más grande es el sufrimiento, tanto más puro se hace el amor. El amor que nos enseña Cristo es exigente. Siento que es precisamente eso lo que el Señor espera de mí en esta última etapa de mi vida, poniendo a prueba mi fe y mi confianza en Él. Desde hace año y medio lucho a diario contra dolores abdominales que, a pesar de los esfuerzos de médicos de muchas especialidades y de las pruebas realizadas, no han sido diagnosticados. Es posible que tenga que someterme a una intervención quirúrgica. Recuerdo las palabras que compartí con una de nuestras Hermanas después de la ceremonia de mi incorporación a la Asociación Faustinum: Me siento tan feliz al experimentar la inmensidad del amor, la cercanía y la guía de Dios en mi vida, que no sé qué tendría que pasar para que esa felicidad se viera interrumpida… Y, en cierto modo, eso es lo que ha sucedido desde mi perspectiva humana, porque ya no puedo servir a Dios y llevarlo a las personas con el mismo compromiso y alegría que antes. Es evidente que Dios tiene algún plan en todo esto. Siento como si se estuviera produciendo una purificación, una disminución de mi amor propio. El alma anhela estar con la gente, actuar, pero el cuerpo la limita mucho. Se ha vuelto imposible seguir adelante con mis planes profesionales, mis viajes y mis diversos compromisos. A menudo me cuesta ir a la iglesia parroquial cercana, hacer las compras, contestar el teléfono o rezar. En esta lección de humildad y renuncia a mí misma, en la impotencia, el miedo y el cansancio físico y mental debido al dolor diario, sé que Jesús Misericordioso vela por mí, está siempre conmigo y en mí, y en las personas que me da. Así que sigo perseverando en lo más importante: en el cuidado de mi camino de crecimiento espiritual, en la realización de pequeñas obras para la gloria de Dios, en el cuidado de las relaciones con mis seres queridos y amigos, en responder a sus necesidades y en rodearlos con mi oración. Sigo disfrutando mucho con mi ministerio en mi parroquia, especialmente con la dirección de la comunidad «Cena de oración por los sacerdotes». Para mí, la formación individual en Faustinum, así como la participación en las reuniones de la comunidad Faustinum de Łódź, son un don inestimable que me aporta fuerza, confianza, paz y alegría.
El Señor Jesús nos muestra el valor del sufrimiento, pero no se detiene ahí, porque él mismo sabe mejor que nadie lo difícil que es esta experiencia. En la conversación de Dios misericordioso con el alma que sufre, el Señor Jesús nos brinda a Santa Faustina y a cada uno de nosotros un gran consuelo, fortaleza y alivio, y no nos deja solos.
Oh alma, te veo tan doliente, veo que ni siquiera tienes fuerzas para hablar Conmigo. Por eso te hablaré sólo Yo, oh alma. Aunque tus sufrimientos fueran grandísimos, no pierdas la serenidad del espíritu ni te desanimes (…) Niña Mía, no puedes desanimarte; sé que confías en Mí sin límites, sé que conoces Mi bondad y Mi misericordia (…) Háblame simplemente, como se habla entre amigos. (…) Niña, realmente todo esto es sufrimiento, pero no hay otro camino al cielo fuera del Vía Crucis. Yo Mismo fui el primero en recorrerlo. Has de saber que éste es el camino más corto y el más seguro.
Agnieszka, miembro de «Faustinum», Polonia
