3 er día de la novena

Ascensión del Señor. Hoy, desde al amanecer mi alma está tocada por Dios. Después de la Santa Comunión, durante un momento traté intimamemte con el Padre celestial. Mi alma fue atraida al ardor mismo del amor, comprendi que ninguna obra exterior puede compararse con el puro amor de Dios… Vi el gozo del Verbo Encarnado y fui sumergida en la Divina Trinidad. Cuando he vuelto en mi, la nostalgia inundó mi alma, el anhelo de unirme a Dios. Me ha envuelto el amor tan grande hacia el Padre celestial que todo este dia lo considero como un continuo extasis del amor. Todo el universo me ha parecido como una pequena gotita frente a Dios. No hay felicidad mas grande que ésta, que Dios me da a conocer interiormente, que le es agradable cada latido de mi corazón, y cuando me muestra que me ama de modo particular. Esta convicción interior con la que Dios afirma su amor hacia mi y lo mucho que le es agradable mi alma, infunde en mi alma un abismo de serenidad. Durante todo el dia no me fue posible ningun alimento. Me sentia satisfecha hasta la saciedad con amor (Diario, 1121).

En la festividad de la Ascensión, el anhelo y la alegría se apoderaron del corazón de Sor Faustina. Ella sintió en su corazón que las palabras de Jesús, cuando prometía enviar el Espíritu Santo a nuestros corazones, se cumplían: «os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). Es Él, el Consolador, quien nos permite experimentar el poder del amor de Dios. Él nos ayuda a amar a nuestros enemigos, y a cumplir los mandamientos. Él abre nuestros ojos a la Palabra de Dios y nos convierte en tierra fértil.

Espíritu Santo, ¡guíame al conocimiento  del amor del Padre!